César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y Genómica Médica. Universidad UTE.
Hace más de tres siglos, Molière ridiculizó la medicina de su tiempo con dos personajes inolvidables: un falso médico que aprendía a golpes y un hombre convencido de padecer enfermedades inexistentes. Eran comedias que denunciaban la ignorancia, el dogmatismo y la arrogancia de una medicina incapaz de explicar el cuerpo humano.
Si hoy el dramaturgo francés recorriera los hospitales ecuatorianos, probablemente no escribiría una comedia. Escribiría una tragedia. Porque el enfermo ya no es imaginario. Y el médico tampoco.
La paradoja resulta tan evidente como dolorosa. Nunca la medicina había alcanzado un desarrollo científico semejante. Hoy es posible secuenciar un genoma en pocos días, diagnosticar enfermedades raras mediante exomas, tratar tumores con inmunoterapia, reemplazar órganos, utilizar inteligencia artificial para apoyar diagnósticos y practicar cirugías de una precisión impensable hace apenas dos décadas.
Sin embargo, ningún avance tecnológico puede reemplazar un medicamento que no llega, una cirugía que se posterga o una diálisis que se suspende. La ciencia ha avanzado más rápido que los sistemas de salud.
El Ecuador también ha sido protagonista de importantes logros sanitarios. La esperanza de vida supera actualmente los 76 años, muy por encima de la registrada hace medio siglo. La vacunación, el control prenatal, el agua potable, la atención materno infantil y la expansión de los servicios públicos permitieron disminuir la mortalidad infantil y controlar numerosas enfermedades infecciosas. Pero el éxito trae nuevos desafíos.
Hoy los ecuatorianos viven más, pero también conviven durante más tiempo con enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión, cáncer, insuficiencia renal, demencias y trastornos neurodegenerativos. Estas enfermedades no requieren únicamente hospitales; necesitan continuidad asistencial, prevención, medicamentos permanentes y un sistema capaz de acompañar al paciente durante años.
Las cifras revelan la magnitud del problema. En 2024, la enfermedad isquémica del corazón causó 14.471 muertes, seguida por los homicidios (6.547), las enfermedades cerebrovasculares (4.836), la diabetes (4.680) y la hipertensión (3.689). El perfil epidemiológico del país cambió profundamente:
hoy predominan las enfermedades crónicas, muchas de ellas prevenibles si existe una atención primaria eficiente.
Pero la enfermedad comienza mucho antes del hospital. Empieza en la pobreza, la alimentación, el acceso al agua potable, la educación y las condiciones de vida. La biología moderna ha demostrado que los genes nunca actúan aislados. El ambiente modifica permanentemente su expresión mediante mecanismos epigenéticos. Por eso la salud pública constituye una de las herramientas más poderosas para prevenir enfermedad incluso antes del nacimiento.
Nada lo demuestra mejor que la desnutrición crónica infantil. En Ecuador afecta al 19,3 por cierto de los menores de dos años, aunque en zonas rurales llega a 24 por ciento. Es decir, uno de cada cinco niños inicia la vida con mayores probabilidades de presentar alteraciones del crecimiento, dificultades cognitivas y menor rendimiento escolar. Ninguna tecnología médica puede compensar completamente el daño producido durante los primeros mil días de vida.
Mientras tanto, el sistema sanitario enfrenta restricciones crecientes. Los informes presupuestarios muestran una amplia brecha entre las necesidades del Ministerio de Salud y el financiamiento realmente disponible. El presupuesto por ley del MSP es de 5.500 millones de dólares, pero la ejecución de la inversión en infraestructura apenas alcanza alrededor del 30 por ciento, mientras la adquisición de equipamiento y medicamentos presenta niveles considerablemente menores. Las consecuencias son visibles: hospitales que retrasan procedimientos, laboratorios con limitaciones diagnósticas y pacientes obligados a comprar medicamentos con recursos propios.
Cuando el gasto de bolsillo aumenta, el derecho a la salud comienza a depender de la capacidad económica de cada familia. Los pacientes que más sufren esta realidad son precisamente aquellos que no pueden esperar.
Quien padece insuficiencia renal necesita diálisis varias veces por semana. Un paciente con cáncer requiere que la cirugía o la quimioterapia comiencen oportunamente. Una persona con una enfermedad rara depende de un diagnóstico molecular temprano y de tratamientos altamente especializados. Para ellos,
cada retraso administrativo puede convertirse en una complicación clínica.
Paradójicamente, el problema no es la falta de conocimiento. El Ecuador dispone hoy de médicos, enfermeras, genetistas, intensivistas, oncólogos, epidemiólogos e investigadores con una formación sin precedentes. La disponibilidad de médicos aumentó hasta 32 a 40, según la región, por cada 10.000 habitantes, aunque la OMS recomienda al menos 23,2 por cada 10.000 habitantes, y cada año las universidades gradúan miles de nuevos profesionales. Sin embargo, muchos encuentran dificultades para acceder a plazas estables, mientras comunidades enteras continúan sin especialistas. No sobran médicos; falta planificación. La paradoja es dolorosa: existen comunidades donde faltan médicos y médicos que no encuentran un lugar donde ejercer. Existen 35 mil profesionales médicos sin empleo y se requieren 6 mil especialistas varios.
Otro grupo que permanece casi invisible es el de las personas con enfermedades raras. Se calcula que entre el 6 y el 8 por ciento de la población puede padecer alguna de estas patologías, la mayoría de origen genético (80 por ciento). En Ecuador, esto representa más de un millón de personas. Hoy el exoma y la secuenciación masiva, permiten identificar miles de estas enfermedades en pocos días, pero el verdadero desafío comienza después del diagnóstico: acceder a especialistas, rehabilitación, medicamentos huérfanos y seguimiento continuo. La genética ha demostrado que conocer la causa de una enfermedad cambia la vida del paciente. Pero el conocimiento pierde sentido cuando el tratamiento nunca llega.
La verdadera crisis de la salud ecuatoriana no es científica. Es organizativa. Es financiera. Y, sobre todo, es política en el sentido más amplio del término: requiere decisiones públicas sostenidas que trasciendan los gobiernos de turno.
Invertir en salud nunca ha significado únicamente construir hospitales. Significa garantizar vacunas, fortalecer la atención primaria, leyes de equidad y justicia sanitaria, tamizaje neonatal, diagnóstico prenatal, asegurar medicamentos esenciales, renovar equipos, formar especialistas, financiar investigación y proteger a quienes dedican su vida al cuidado de los demás.
Cada dólar destinado a prevención evita múltiples dólares en tratamientos complejos. Cada niño correctamente alimentado reduce el riesgo futuro de diabetes e hipertensión. Cada embarazo controlado disminuye la mortalidad materna e infantil. Cada diagnóstico temprano evita discapacidad y sufrimiento. La salud pública no es un gasto. Es una inversión en inteligencia, productividad, desarrollo humano y cohesión social.
Molière criticó una medicina que confundía la autoridad con el conocimiento. Cuatro siglos después, el Ecuador enfrenta un desafío distinto. El conocimiento existe. La tecnología existe. Los profesionales existen. Lo que aún falta es convertir todo ese potencial en un sistema capaz de responder con oportunidad, equidad y calidad a las necesidades de la población, y no está pasando.
Una nación no se mide por el número de hospitales que inaugura, ni por la complejidad de sus equipos médicos. Se mide por algo mucho más sencillo: resolver lo existen en mal estado: desnutrición, servicios de salud, enfermos renales, prevención, atención sin incertidumbres; si una mujer con cáncer inicia su tratamiento a tiempo; si una persona con una enfermedad rara encuentra finalmente un diagnóstico y una esperanza.
Hace tres siglos, Molière hizo reír al mundo con un médico falso y un enfermo imaginario. El Ecuador de hoy no necesita nuevos personajes. Necesita un sistema sanitario que esté a la altura de la ciencia que ya posee y de la dignidad de sus ciudadanos. Defender una salud pública universal, gratuita, oportuna y de calidad no es defender una ideología. Es defender el principio más elemental de una sociedad civilizada: que ninguna vida tenga menos valor por el lugar donde nació, la enfermedad que padece o el dinero que lleva en el bolsillo. Ese es el verdadero diagnóstico. Y también la única cura posible.
Tabla 1. La salud ecuatoriana en cifras: entre los avances médicos y los desafíos del sistema
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Indicador |
Cifra |
Qué revela |
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Esperanza de vida |
76–77 años |
Mayor longevidad y aumento de enfermedades crónicas. |
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Desnutrición crónica infantil |
19,3 % hasta 27% en áreas rurales |
Uno de cada cinco niños inicia la vida con desventajas biológicas. |
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Principal causa de muerte |
14.471 por enfermedad isquémica del corazón (2024) |
Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo el mayor desafío sanitario. |
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Enfermedades raras |
6–8 % de la población |
Más de un millón de ecuatorianos podrían requerir atención altamente especializada. |
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Médicos disponibles |
23,2 por cada 10.000 habitantes |
Existe talento humano, pero persisten problemas de distribución y contratación. |
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Financiamiento sanitario |
≈50 % de las necesidades sin financiamiento completo |
La brecha limita el funcionamiento del sistema. |
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Ejecución de inversión |
≈30 % |
Hospitales, infraestructura y tecnología avanzan lentamente. |
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Pacientes renales |
Miles dependen de diálisis permanente |
La continuidad del tratamiento es crítica para la supervivencia. |
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Gran desafío |
Más enfermedades crónicas y población envejecida |
Se requiere fortalecer la prevención y la atención primaria. |