César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y Genómica Médica. Universidad UTE
Las frases “ese tema es mío”, “ese sitio ya está apartado” o “si publicas eso, va mi nombre” no son simples anécdotas del quehacer científico: condensan una práctica estructural de la academia contemporánea. A esta conducta se la ha denominado
efecto Gollum, en referencia al personaje de
El Señor de los Anillos, cuya existencia queda absorbida por la posesión exclusiva del Anillo Único,
su obsesivo my precious.
De acuerdo a una interesante investigación que evalúa el efecto Gollum, los datos muestran que no se trata de casos aislados: entre 2022 y 2024, una encuesta internacional a 563 investigadores de 64 países, mostró que el 44 por ciento vivió experiencias de territorialidad en su investigación, y que cerca del 70 por ciento de quienes las sufrieron, vieron afectada su trayectoria profesional, incluyendo abandono de la academia o de la ciencia.
Desde una mirada evolutiva, y sin afán de justificar este fenómeno, la territorialidad no es un defecto moral, sino una estrategia adaptativa ancestral, aunque en la actualidad no podemos evidenciarla de manera real o biológicamente demostrable. La adaptación y la selección natural, actuaron en algún momento como moduladores de comportamiento. Defender recursos críticos aumentó durante millones de años la probabilidad de supervivencia.
En humanos, esta lógica no desapareció con la cultura: se desplazó hacia territorios simbólicos.
Hoy, los recursos no son cuevas ni alimentos, sino ideas, datos, muestras, sitios de estudio, autorías y prestigio. El laboratorio y el tema de investigación funcionan como nichos ecológicos modernos. El efecto Gollum emerge, cuando
esta predisposición biológica se exacerba en un sistema que premia la exclusividad y penaliza el compartir. Este comportamiento estaría evolutivamente hablando, en contra de los criterios de cooperación para la evolución, demostrados y experimentalmente validados.
La genética del comportamiento permite entender por qué, este fenómeno es tan persistente. No existe un “gen Gollum”, pero sí una arquitectura poligénica que modula apego, dominancia, cooperación, aversión a la pérdida y sensibilidad al estatus. Variantes en genes de los sistemas dopaminérgico (DRD2, DRD4), serotoninérgico (SLC6A4), oxitocinérgico (OXTR) y vasopresinérgico (AVPR1A) influyen en cómo
los individuos procesan recompensa, reconocimiento y amenaza. Estos circuitos, diseñados para contextos de escasez real, hoy se activan frente a amenazas simbólicas:
perder autoría, compartir datos, ceder liderazgo.
El sistema académico contemporáneo actúa además como un potente modulador epigenético. La presión constante por publicar, competir por fondos escasos, sostener productividad continua y sobrevivir en entornos jerárquicos activa de manera crónica el eje hipotálamo–hipófisis–adrenal, con liberación sostenida de cortisol. El resultado es predecible:
aumento de conductas defensivas, reducción de la cooperación y normalización de la apropiación. El “mi precioso” deja de ser una caricatura, y se convierte en una respuesta neurobiológica coherente con el entorno. Una lucha del más fuerte.
Aquí la metáfora de Gollum adquiere una profundidad adicional. Si analizamos el físico del Gollum, que es una construcción literaria y cinematográfica, observamos en el: caquexia extrema, envejecimiento prematuro, alopecia, piel atrófica, deterioro dentario, postura encorvada, aislamiento social y una fijación obsesiva con un único objeto de valor. Desde la medicina y la genética, Gollum no representa un síndrome genético específico, pero sí un
fenotipo conductual y somático compuesto, compatible con la superposición de varios cuadros con base genética y epigenética conocida (ver Tabla).
Su comportamiento recuerda rasgos del
trastorno obsesivo-compulsivo, condición con heredabilidad moderada y alteraciones en circuitos cortico-estriado-talámicos; también se asemeja a una
adicción conductual severa, con secuestro del sistema dopaminérgico mesolímbico y pérdida de control pese al daño evidente. El aislamiento extremo, la rigidez cognitiva y la hiperfocalización permiten además una lectura compatible con
fenotipos autistas subclínicos, altamente poligénicos. La transformación física progresiva de Sméagol a Gollum es coherente con los efectos del estrés crónico, la desnutrición y la disfunción neuroendocrina prolongada, procesos hoy bien descritos como aceleradores epigenéticos del envejecimiento.
El paralelismo con la academia es inquietante y potente. El “Anillo Único” moderno:
prestigio, financiamiento, autoría, poder jerárquico; concentra un valor simbólico desproporcionado y enciende los mismos circuitos de recompensa. No es casual que alrededor del 20 por ciento de quienes sufrieron el efecto Gollum, admitan haber actuado también como Gollum en algún momento.
Este dato desmonta explicaciones moralistas: no se trata de “malos individuos”, sino de
un sistema que selecciona físicos conductuales. Si el ecosistema académico recompensa el acopio, el individuo selecciona territorialidad; si en cambio, recompensa cooperación, ciencia abierta y reconocimiento colectivo, selecciona conductas prosociales.
El efecto Gollum no es una patología individual ni un síndrome genético en sentido estricto. Es un
fenotipo emergente, producto de la interacción entre una biología moldeada por la evolución y un entorno institucional que exacerba la competencia y la escasez.
John Ronald Reuel Tolkien, escritor británico del hobbit y El Señor de los Anillos, desde la ficción, anticipó una verdad profundamente científica:
el poder concentrado no crea monstruos nuevos, sino que amplifica vulnerabilidades biológicas preexistentes. En la academia, pero también en la política y otras áreas, esto se traduce en carreras truncadas, creatividad inhibida, pérdida de talento, investigaciones egocentristas y culturas tóxicas.
Comprender el efecto Gollum desde la genética, la neurobiología y la evolución no lo justifica, pero sí señala la salida: transformar los incentivos. Cuando compartir conocimiento vuelva a ser adaptativo, Gollum dejará de ser el destino evolutivo del científico moderno. El efecto Gollum no es un problema de individuos defectuosos, sino de sistemas mal diseñados. Mientras la academia siga funcionando como un Anillo Único, seguirá produciendo Gollums. La biología no falsea: solo responde al entorno que la selecciona.
Tabla. Diagnóstico diferencial hipotético del “fenotipo Gollum” (literario y académico)
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Dimensión |
Diagnóstico / Condición asociable |
Base genética / biológica |
Rasgos clave observables |
Relación con el efecto Gollum |
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Conductual |
Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) |
Heredabilidad moderada; circuitos cortico-estriado-talámicos; SLC6A4 |
Pensamientos intrusivos, control, repetición |
Fijación exclusiva en temas, datos o autoría |
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Conductual |
Adicción conductual |
Sistema dopaminérgico (DRD2, DRD4) |
Dependencia, pérdida de control, persistencia pese al daño |
Dependencia del prestigio y del “territorio” académico |
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Social |
Fenotipo autista subclínico |
Altamente poligénico |
Hiperfocalización, rigidez, aislamiento |
Incapacidad para colaborar, compartir o co-crear |
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Somático |
Fenotipo progeroide adquirido |
Epigenética del estrés y envejecimiento acelerado |
Aspecto envejecido, caquexia, deterioro físico |
Desgaste físico y mental del científico bajo presión crónica |
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Sistémico |
Estrés crónico y disfunción neuroendocrina |
Eje HHA, cortisol elevado |
Ansiedad, defensividad, agotamiento |
Cultura académica tóxica y competitiva |
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Interpretación global |
Fenotipo emergente (no síndrome único) |
Interacción genes-ambiente |
Deterioro biopsicosocial progresivo |
Resultado del sistema académico como entorno selectivo |