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Ecuador | Colombia
Genética y Ciencia
La salud pública en Ecuador: anatomía de una crisis evitable


Martes, 27 de enero de 2026, a las 11:05
César Paz-y-Miño. Investigador en Genética y Genómica Médica. Universidad UTE

Hablar hoy de salud pública en Ecuador no es describir una coyuntura pasajera, sino evidenciar una patología estructural del Estado. El escenario actual: hospitales desabastecidos, pacientes renales sin diálisis, brotes infecciosos prevenibles, listas de esperas oncológica y quirúrgica interminables, no es una suma de fallas aisladas. Es el resultado predecible de decisiones políticas mantenidas en el tiempo, donde la salud se ha degradado a "gasto residual" en lugar de ser una inversión estratégica para la supervivencia de las personas.
 
Presupuesto: menos recursos, menor ejecución, mayor daño
 
Entre 2023 y 2025 el presupuesto del Ministerio de Salud Pública (MSP) pasó de aproximadamente USD 3.219 millones a USD 2.798 millones, una reducción cercana a USD 421 millones en términos nominales, mayor aún si se considera inflación y crecimiento poblacional.

Pero el problema no termina en el recorte: la ejecución presupuestaria efectiva ha oscilado entre el 42 por ciento y el 55 por ciento, especialmente baja en los rubros que sostienen la atención real: medicamentos, insumos, equipamiento, mantenimiento hospitalario. Un presupuesto no ejecutado es salud inexistente. La contabilidad puede cerrar, pero el cuerpo del paciente no espera al siguiente ejercicio fiscal.
 
Medicamentos, insumos y diálisis: cuando la vida depende de una factura impaga
 
El desabastecimiento de medicamentos no es anecdótico. Reportes nacionales han documentado faltantes de entre 15 por ciento y 20 por ciento de medicamentos esenciales en hospitales públicos, incluidos antibióticos, antihipertensivos, insulina y fármacos oncológicos. A ello se suma la escasez de insumos básicos: jeringas, soluciones salinas, guantes, reactivos de laboratorio, que convierte actos médicos elementales en procedimientos de alto riesgo.
 
El caso más dramático es el de la enfermedad renal crónica (ERC). Ecuador registra más de 24.000 pacientes dependientes de diálisis, con un crecimiento sostenido asociado a diabetes e hipertensión mal controladas. El Estado mantiene deudas superiores a USD 180 millones con clínicas de diálisis, lo que ha provocado suspensión de sesiones, reducción de turnos y riesgo vital inmediato para miles de personas. Al menos mil fallecidos por esta deficiencia.
 
Desde la epidemiología, esto es una paradoja cruel: enfermedades crónicas prevenibles se transforman en sentencias de muerte por fallas administrativas, no por límites del conocimiento médico.
 
Cáncer: cuando el tiempo biológico supera al tiempo burocrático
 
El cáncer se ha convertido en una de las principales causas de muerte en Ecuador. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos indican que las neoplasias malignas ocupan el segundo lugar de mortalidad, solo superadas por enfermedades cardiovasculares, con más de 28.000 nuevos casos anuales.
 
Sin embargo, el sistema responde tarde. Los retrasos en diagnóstico, biopsias, cirugías y quimioterapia son estructurales. En varios hospitales públicos, las listas de espera oncológicas superan los 3 a 6 meses, un intervalo que, desde la fisiología tumoral, puede marcar la diferencia entre un cáncer curable y uno metastásico. Además, muchos de los medicamentos modernos anticancerígenos, no llegan al Ecuador, por lo cual los tratamientos son vetustos.

Aquí se revela una verdad incómoda: la desigualdad social se traduce en la biología corporal, en mayor carga tumoral, peor pronóstico y muerte evitable.
 
Enfermedades crónicas no transmisibles: la epidemia silenciosa
 
Más del 60 por ciento de la carga de enfermedad en Ecuador corresponde a enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT): diabetes, hipertensión, obesidad, enfermedad cardiovascular y enfermedad renal. La prevalencia de diabetes tipo 2 supera el 7–8 por ciento en adultos, mientras que la hipertensión afecta a uno de cada cuatro ecuatorianos mayores de 18 años.
 
El problema no es solo clínico, sino sistémico: la atención primaria está debilitada, faltan médicos generales, enfermeras comunitarias y programas de seguimiento continuo. Sin prevención, el sistema se ahoga tratando complicaciones tardías, mucho más costosas y menos efectivas.
 
Estas patologías son el resultado del desajuste entre nuestra fisiología y un entorno social que promueve sedentarismo, ultraprocesados y estrés crónico, sin que el Estado actúe como regulador de riesgos.
 
Enfermedades raras: otras patologías abandonadas
 
Las enfermedades raras concentran una paradoja sanitaria y económica: son infrecuentes individualmente, pero extremadamente costosas cuando el sistema llega tarde. Más del 70 por ciento tiene origen genético, muchas debutan en la infancia y requieren tratamientos continuos.
 
Cuando el diagnóstico se retrasa, como ocurre en Ecuador, donde la odisea diagnóstica puede superar 5–7 años, los costos sanitarios acumulados se multiplican entre 3 y 10 veces, por hospitalizaciones repetidas, discapacidad evitable y pérdida de productividad familiar. A ello se suma el alto precio de los medicamentos huérfanos, que puede oscilar entre USD 50 mil y más de USD 300 mil por paciente/año, incluso llegando a 2 millones, cifras que se vuelven insostenibles si no se prioriza la prevención diagnóstica.
 
Sin embargo, el país mantiene un tamizaje neonatal público limitado a apenas cuatro enfermedades, muy por debajo de las recomendaciones internacionales (20–40 condiciones), perdiendo la oportunidad de intervenir tempranamente cuando el beneficio clínico es mayor y el costo total es menor.
 
Desde la genética médica, la evidencia es contundente: ampliar el diagnóstico prenatal (con posible interrupción terapéutica voluntaria del embarazo) y el neonatal reduce discapacidad, evita sufrimiento humano y es costo-efectivo para el Estado. Ignorar lo raro no ahorra recursos; los desplaza al futuro, cuando la biología ya ha cobrado intereses en forma de enfermedad grave y gasto público elevado.
 
Infecciones y vacunas: el retorno de lo prevenible
 
La caída de cobertura vacunal es uno de los indicadores más alarmantes. En los últimos años, varias vacunas infantiles han descendido por debajo del 85 por ciento de cobertura, cuando la inmunidad colectiva exige al menos 90–95 por ciento. Esto ha coincidido con rebrotes de tosferina, tuberculosis, dengue, malaria y aumento de infecciones respiratorias, muchas de ellas prevenibles o mitigables.
 
Hospitales sin limpieza: la infraestructura invisible que mata
 
La crisis no se limita a lo médico. Los recortes han impactado servicios esenciales como limpieza, alimentación y mantenimiento hospitalario, con reducciones presupuestarias de hasta 60–70 por ciento en algunos contratos. Hospitales con pisos sucios, residuos mal manejados y alimentos insuficientes no solo vulneran la dignidad humana: incrementan infecciones intrahospitalarias (que por sí solas son un problema) que prolongan estancias y aumentan mortalidad.
 
Recursos humanos: cuando el sistema expulsa a quienes lo sostienen
 
Ecuador enfrenta déficit de médicos generales, especialistas y personal de enfermería, especialmente en zonas rurales y periféricas. Esta es una problemática crítica caracterizada por una escasez estructural de médicos y enfermeras, exacerbada por recortes presupuestarios, condiciones laborales precarias, falta de insumos y alta carga laboral. Este déficit supera el 50 por ciento en varias zonas, afectando la atención pública con largas listas de espera, falta de especialistas y un impacto directo en la salud mental de los profesionales.
 
A este trágico panorama se suma la rotación constante de autoridades: cinco ministros de Salud en pocos años, lo que impide continuidad técnica y planificación de largo plazo y videncia una falta de conocimiento en el tema de salud y sus demandas, y una insensibilidad del Estado en este derecho público. La fisiología de sistemas nos enseña que sin estabilidad no hay regulación. Un sistema de salud sin estabilidad institucional entra en deterioro.
 
Ruta de soluciones posibles
 
Para transformar el sistema de salud en Ecuador, es imperativo abandonar el enfoque fiscalista que trata la vida como un gasto residual. La prioridad debe ser garantizar el flujo de recursos para alcanzar el 100 por ciento de ejecución en medicamentos e insumos esenciales, evitando que la burocracia interrumpa tratamientos vitales como la diálisis.
 
Asimismo, el Estado debe fortalecer la atención primaria para gestionar el 60 por ciento de la carga de enfermedad que representan las patologías crónicas y recuperar las coberturas de vacunación, hoy en niveles críticos; mejorar los sistemas de diagnóstico, proporcionar estabilidad del personal y gestión real y trasparente de control de calidad.  Adicionalmente, es urgente modernizar el tamizaje neonatal, impulsar el diagnóstico prenatal y reducir las listas de espera oncológicas y quirúrgicas en general; diagnosticar a tiempo no solo es un imperativo ético, sino la única estrategia financieramente sostenible para evitar que la desigualdad social se siga traduciendo en muerte biológica.
 
La salud como espejo político
 
La crisis sanitaria ecuatoriana no es una tragedia natural. Es una construcción social y política. Cada medicamento ausente, cada sesión de diálisis suspendida, cada cáncer diagnosticado tarde, cada niño no vacunado, es la expresión concreta de un modelo que ha subordinado la vida a la contabilidad.
 
En los últimos años, muchos gobiernos de orientación financiera estricta, han sostenido la idea de que privatizar o tercerizar la salud reduce costos para el Estado, al trasladar la carga financiera al sector privado bajo el supuesto de mayor “eficiencia”. Esta premisa, presentada como técnica y neutral, omite deliberadamente el riesgo biológico y social que implica desplazar la atención sanitaria al mercado, especialmente en países con economías débiles. En contextos de alta pobreza e informalidad, la privatización no elimina el gasto: lo desplaza desde el presupuesto público hacia los bolsillos de las personas, convirtiendo la enfermedad en un factor directo de empobrecimiento y exclusión.
 
En un país con más del 25 por ciento de la población en situación de pobreza y cerca del 10 por ciento en pobreza extrema, como ocurre hoy en Ecuador, privatizar de facto o explícitamente el sistema de salud no es una solución: es un riesgo sanitario y social. La evidencia regional muestra que cuando la salud se organiza bajo lógicas de mercado en economías frágiles, aumenta el gasto de bolsillo, se retrasa el acceso y empeoran los indicadores de mortalidad evitable, especialmente en cáncer, enfermedades crónicas y raras.
 
Conviene decirlo con claridad: la salud pública no se arregla gritando en los hospitales ni culpando al personal sanitario, tratando de desviar las responsabilidades; se arregla invirtiendo de manera sostenida en las personas, en prevención, en conocimiento y en sistemas que cuiden la vida antes de que enferme: en equidad social y sanitaria.
 
Defender la salud pública no es ideología: es biología aplicada a la justicia social. Un país que no invierte en prevención, vacunas, atención primaria y enfermedades crónicas está, literalmente, programando su propia carga de enfermedad futura. La evidencia es clara. La pregunta ya no es si podemos cambiar el rumbo, sino cuántas muertes evitables estamos dispuestos a normalizar antes de hacerlo.
 
Tabla. Crisis de la salud pública en Ecuador: problemas, evidencia, costos y políticas
 
Eje estructural Problema central Datos y cifras clave Impacto sanitario y social Lectura crítica y política pública necesaria
Modelo de salud Tendencia a privatización/tercerización >25 % pobreza; ~10 % pobreza extrema Exclusión por capacidad de pago La privatización no reduce costos: los traslada a las personas y aumenta desigualdad
Presupuesto público Recorte y baja ejecución −USD 421 millones (2023–2025); ejecución 42–55 % Falta de medicamentos, insumos y servicios El problema no es solo cuánto se asigna, sino qué y cómo se ejecuta
Gasto de bolsillo Familias financian su enfermedad Gasto directo elevado en hogares Empobrecimiento por enfermedad Indicador de fracaso del sistema público
Medicamentos esenciales Desabastecimiento crónico Faltantes estimados 15–20 % Suspensión de tratamientos Sin fármacos no existe medicina efectiva
Diálisis y ERC Falta de insumos y pagos >24.000 pacientes; deuda >USD 180 millones Riesgo vital inmediato Enfermedad catastrófica sin garantía real de atención
Cáncer Diagnóstico y tratamiento tardíos ~28.000 casos nuevos/año; esperas 3–6 meses Menor sobrevida, mayor mortalidad El tiempo biológico del cáncer supera al tiempo burocrático
Enfermedades crónicas (ECNT) Prevención débil >60 % carga de enfermedad; DM 7–8 %, HTA ~25 % Complicaciones evitables Sistema reactivo, no preventivo
Vacunación Caída de coberturas Varias vacunas <85 % Rebrotes prevenibles La desinformación enferma poblaciones
Enfermedades infecciosas Reemergencia de brotes Dengue, TB, malaria, IRAs en aumento Saturación hospitalaria Prevención cuesta menos que reacción
Personal de salud Déficit y sobrecarga Falta de médicos y especialistas Atención fragmentada El sistema expulsa talento sanitario
Gobernanza Alta rotación de autoridades ≥5 ministros en pocos años Improvisación institucional Sin estabilidad no hay política pública
Infraestructura hospitalaria Deterioro y obsolescencia Equipos fuera de servicio Diagnósticos tardíos Infraestructura es biología aplicada
Limpieza hospitalaria Recortes severos Reducciones 60–70 % Infecciones intrahospitalarias La higiene también salva vidas
Alimentación hospitalaria Dietas insuficientes Pacientes dependen de donaciones Recuperación más lenta Nutrición es parte del tratamiento
Enfermedades raras Invisibilización estructural Afectan 6–8 % población; >70 % genéticas Discapacidad evitable La baja prevalencia no reduce el valor de la vida
Odisea diagnóstica Diagnóstico tardío 5–7 años promedio Daño irreversible Sin genética clínica no hay precisión
Medicamentos huérfanos Costos extremadamente altos USD 50.000–300.000/año/paciente Inaccesibilidad Diagnosticar temprano reduce gasto futuro
Tamizaje neonatal Cobertura mínima Solo 4 enfermedades Prevención perdida Recomendado: 20–40 condiciones
Diagnóstico prenatal Acceso limitado Baja cobertura en gestantes de riesgo Enfermedad genética evitable Anticipar es prevenir
Contaminación ambiental Exposición crónica PM2.5 > recomendaciones OMS Cáncer, EPOC, ECNT El ambiente también muta cuerpos
Inequidad territorial Brecha urbano–rural Mayor mortalidad en periferias Injusticia sanitaria La geografía no debe decidir quién vive
Resultado global Mortalidad evitable Elevada y persistente Daño social acumulado Fallo sistémico, no individual

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