Carlos Terán Puente, médico salubrista – profesor universitario.
Abya Yala es el nombre nativo del continente americano que Europa desconocía hasta finales del siglo XV, cuando los reyes católicos de Castilla auparon la expedición que enfiló sus remos al confín del Atlántico apenas percibido y temido hasta ese entonces. Imaginaron que habían arribado a las Indias Occidentales y a sus pobladores llamaron “indianos”. Poco tiempo después, hacia 1507, un cartógrafo alemán, Martin Waldseemüller lo incluyó en un mapamundi como un continente separado y lo llamó América.
La exuberante naturaleza no imaginada de Abya Yala, los pueblos originarios deslumbrantes y hospitalarios, sus templos, agricultura y orfebrería, el oro y la plata, las esmeraldas y el caucho, la milagrosa quinina, centenas de plantas medicinales y desconocidos frutos activaron la ambición de los forasteros.
El nuevo mundo fue sometido por la cruz y la espada y así fue por tres siglos colonizado. El cronista Pedro Cieza de León, en 1553, describió:
“Pasado habían mil y cuatrocientos y noventa y dos años que la princesa de la vida, gloriosa virgen María, Señora nuestra, parió el unigénito Hijo de Dios, cuando, reinando en España los católicos reyes don Fernando y doña Isabel, de gloriosa memoria, el memorable Cristóbal Colón salió de España con tres carabelas y noventa españoles, que los dichos reyes le mandaron dar”.
La incautación de tierras, riquezas y dominación por los recién llegados fue revestida de sentido religioso y resultó muy prolífica para el imperio hispánico pero una larga y cruenta historia para los nativos. La población originaria fue diezmada en las progresivas ocupaciones y en las múltiples rebeliones de los “indianos” por su liberación.
Las enfermedades traídas desde el viejo mundo cumplieron su parte en el genocidio.
Las andanzas conquistadoras iniciaron en 1492 en las islas caribeñas de las Bahamas, Santo Domingo (actual Haití y República Dominicana) y Cuba, entre otras. Su prioridad fue el sometimiento del imperio Azteca. Así, en 1510 se funda Santa María de la Antigua del Darién, primer asentamiento español en tierra firme y donde el “
estado mayor” de la conquista… incluyendo a Vasco Núñez de Balboa, Francisco Pizarro, Sebastián de Belalcázar, Diego de Almagro, Gonzalo Fernández de Oviedo y Pedrarias Dávila… experimentaron modelos contrapuestos de acercamiento y confrontación con las nuevas tierras y sus habitantes” (Sarcina, 2017).
En 1513, Vasco Núñez de Balboa dirigió una expedición que cruzó Panamá desde el Caribe
“y, estimulado por su ambiciosa curiosidad, fue el primero que desde la altura de una montaña en el Istmo de Panamá contempló, con asombro, la azulada llanura del Pacífico, que se perdía en lontananza. ¿Qué había en esas playas misteriosas, bañadas por las aguas de un mar hasta entonces ignorado?” (González Suárez, F.). Balboa lo llamó “Mar del Sur”, pero hacia 1520, Fernando de Magallanes lo rebautizó como Océano Pacífico por la tranquilidad de sus aguas.
Veintiún años después de la llegada a América, se inició la exploración de las costas del océano Pacífico. Francisco de Xerez, en sus crónicas de la conquista escritas hacia 1530, señala que
“… siendo descubierta la mar del sur, y conquistados y pacificados los moradores de Tierra-Firme (imperio azteca); habiendo poblado el gobernador Pedrarias de Ávila la ciudad de Panamá y la ciudad de Nata…” se organizan y comienzan las travesías por las costas del Pacífico de las actuales Colombia, Ecuador y Perú.
Antes de esta nueva oleada de excursiones cundía la curiosidad entre los expedicionarios. Federico González Suárez, en su Historia de Ecuador, 1890, relata que estaban tras la pista de
“la existencia de un rico imperio en las tierras del Mediodía (línea ecuatorial) era asunto de ordinaria conversación entre los vecinos de la nueva ciudad de Panamá… sin que nadie pudiese, no obstante, indicar con certidumbre ni el punto donde se hallaba, ni la distancia que separaba de la costa al anunciado imperio… señalaban su situación, diciendo que estaba muchos soles hacia el Sur”.
Las fuentes coinciden en que el año 1526, Bartolomé Ruiz, integrante de la tropa de Almagro y Pizarro, fue el viajero inaugural pues “
con viento próspero y brisas favorables la nave del marino castellano fue avanzando en su camino, y el primer punto donde arribó fue la pequeña isla del Gallo… no desembarcó en ninguna parte, antes siguió adelante su derrota (ruta) a poco se halló en una hermosa bahía. Ruiz acababa de ponerse delante de la tierra ecuatoriana: era el primer europeo que visitaba las costas de nuestra patria… de lo que hoy llamamos provincia de Esmeraldas. Mientras el buque pasaba, deslizándose suavemente por las aguas del Pacífico… los sencillos indígenas acudían en tropel a la playa, y asombrados se estaban mirando la nave…”. (González Suárez, F.)
Federico González S. describe el primer desembarco de Ruiz en la playa de Esmeraldas. “
La hermosa tierra ecuatoriana se presentaba a las curiosas miradas de los marinos españoles ataviada con las galas de su siempre verde y fresca vegetación… asomaban las cabañas de los indios, derramadas aquí y allá con gracioso desorden, y las columnas de humo, que, levantándose del fondo de los bosques, escarmenaba el viento a lo lejos en el horizonte indicios eran seguros de numerosa población.
Viendo Ruiz a los indios con aspecto de paz, echó anclas en el caudaloso Esmeraldas y cuando saltó en tierra fue recibido por ellos amistosamente. Halló a las orillas del río tres pueblos grandes, cuyos habitantes estaban engalanados con joyas de oro, y tres indios, que le salieron a recibir, llevaban sendas diademas del mismo metal en sus cabezas. Entre varios obsequios que le ofrecieron, diéronle también algún oro por fundir. Después de permanecer dos días entre los indios, volvió Ruiz a su navío y continuó navegando a lo largo de la costa de Esmeraldas y Manabí hasta doblar el cabo Pasado…”. (González Suárez, F.)
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Era septiembre de 1526.
En 2026 se cumplen 500 años de la llegada de los españoles a las costas de Ecuador, de resistencia y memoria de sus pueblos originarios, de preservación de su identidad y cultura. Los saberes y prácticas de medicinas ancestrales forjados en Abya Yala, que eran transmitidos de generación en generación como mitos, leyendas y procedimientos asombraron a los europeos.
Plutarco Naranjo, historiador de la medicina y de las prácticas médicas originarias, en su libro “
Mitos, Tradiciones y Plantas Alucinantes” (2012) describe y analiza la utilización ceremonial y medicinal de cientos de especies botánicas originarias de América. Las inscribe en el contexto de las culturas egipcia, asiática y europea, estableciendo, por ejemplo, “q
ue hay cierto paralelismo entre algunos mitos grecorromanos y otros de nuestros aborígenes. Tal es el caso del robo del fuego, en la mitología griega y el robo de las hojas de coca en la mitología preincaica peruana, así como el robo del espíritu del ´arutam´ entre los shuar de la Amazonía”.
En el mencionado libro de Naranjo, claro y con acertadas ilustraciones, se relata que Fray Ramón Pané, acompañante de Cristóbal Colón, estudió la vida, costumbres y las plantas que utilizaban en sus celebraciones y que les producían una “embriaguez fantástica” en sus ceremoniales. Además, comenta que las plantas terapéuticas llevadas desde nuestra América fueron ensayadas por Nicolás Monardes, un médico de Sevilla, quien lo publicó como plantas “que hacen soñar”.
Naranjo resalta que entre los colonizadores hubo
“muchos frailes inteligentes e ilustrados tomaron con calma las creencias de los nativos… desde luego no faltaron sacerdotes fanáticos que, por ejemplo, prohibieron el cultivo del amaranto, importantísimo alimento mexicano, porque era motivo de idolatría. Peor aún fue la acción del obispo de Yucatán, Diego de Landa, religioso muy activo y que realizó muchas obras pero que era de un fanatismo exagerado… como ordenar el secuestro de los hermosos libros mayas y en la plaza, ante los ojos de los indios, hacerlos incinerar. Con esta barbaridad no solo que no acabó con lo que él consideraba idolatrías, sino que volvió ceniza los libros de una de las más avanzadas culturas de América y, a la sazón, del mundo”.
El amplio mundo de las prácticas médicas ancestrales en la serranía ecuatoriana fue investigado por
Eduardo Estrella Aguirre y su libro “
Medicina Aborigen” (1977) evidencia el panorama de prácticas médicas de los pueblos originarios, incluyendo las plantas medicinales, el cuidado del embarazo, el parto y procedimientos como la trepanación del cráneo con fines terapéuticos. Abya Yala era un continente con diversidad de pueblos con identidad propia, con estructuras sociales, medicinas ancestrales, altos conocimientos de astronomía y un desarrollo agrícola notable.
El año 500 de resistencia originaria y memoria en Ecuador es una oportunidad para reconocer y valorar -en todos los planos de la vida nacional- que somos una sociedad con diversidad cultural, con pueblos de resiliencia ilimitada ante siglos de adversidad en sus derechos. Es una oportunidad para analizar y repensar la inacabada
implementación de la interculturalidad en salud, ámbito que, hoy por hoy, se ha encuadrado en la matriz ideológica de “inclusión”.
Actualmente se cree que interculturalidad significa la ubicación de una sala con alguna práctica ancestral,
cuasi folclórica, dentro de una estructura diseñada con una orientación hegemónica biomédica, curativa y “enfermológica”, altamente dependiente del infinito e insostenible incremento de costos de la industria de punta de equipamiento médico, insumos, fármacos, tecnología e informática.
Se propone
entender la interculturalidad en salud como un proceso social y político de acercamiento entre mundos culturales diversos que comparten un territorio, cada uno con sus instituciones, organizaciones, saberes y prácticas de cuidado de la salud. El acercamiento implica la recíproca valoración y respeto, por tanto, se fundamenta en la presencia de las diversidades y su participación planificada y progresiva para la definición de objetivos compartidos, sostenibles y efectivos orientados al cuidado integral de una vida digna y saludable de las comunidades, familias e individuos del conjunto social.
Hacer memoria de los cinco siglos de la llegada de la colonización a Ecuador es una oportunidad para la valoración de la medicina ancestral en su historia y contexto, apreciando su potencialidad para la defensa de la vida y de la naturaleza. Es una oportunidad para cambiar el rumbo a una corriente que espera la extinción de los pueblos nativos de Abya Yala desde hace 500 años.