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Ecuador | Colombia
Desde la academia
La salud pública en Napo a fines del siglo XX


Miércoles, 21 de enero de 2026, a las 11:13
Carlos Terán Puente, salubrista – docente universitario.
 
“La salud y la enfermedad, en tanto cualidades de la vida humana, son entidades necesariamente vinculadas al todo social; son categorías históricas…”, escribió Eduardo Estrella en “La medicina en los primeros años de la República:1830-1835”. En dicho estudio, describe la respuesta sanitaria en un contexto social y político complejo, difícil, lleno de confusión e improvisación, que finalmente dejó intacta la estructura de la sociedad. Fue el último día del colonialismo y el primero de lo mismo: una minúscula élite colmada de privilegios y una muchedumbre de desposeídos con una administración pública servicia del orden reinante.
 
Al cruzar el primer cuarto del siglo XXI, soplan corrientes que desmoronan —sin reserva moral ni vergüenza política— el mandato constitucional primordial de todo gobierno: cuidar la vida y la salud de la población como derechos humanos fundamentales. Es preciso revisar los artículos 32, 258 y 362 de la Carta Magna y volver la mirada a la historia, recoger la memoria, conservarla y compartirla como urgencia inaplazable en estos días.
 
El libro La salud en Napo a fines del siglo XX, elaborado por Víctor Aráuz, Gloria Lugo, Fernando Sacoto y José Yépez, recopila las voces de múltiples protagonistas vinculados a una experiencia de organización del sistema de sanidad pública en la Amazonía. La obra entrega historias de vida entrelazadas con el diseño, toma de decisiones, implementación y acción en la instancia provincial del Ministerio de Salud Pública. Es un documental impreso sobre el proceso realizado por el equipo en la interacción territorio–población–servicios en el extenso ámbito de las actuales provincias de Sucumbíos, Orellana y Napo.
 
El equipo ampliado que transita en las páginas del libro actuó en un territorio pluricultural de alta relevancia histórica, por ejemplo, relata que hacia 1577,  “…más allá de la Cordillera Central o Real de los Andes…habitaban 11.500 indígenas tributarios (obligados a pagar impuestos a cambio de evangelización)  y 19 encomenderos (españoles que cobraban tributos y ejercían funciones de protección y evangelización). A finales de 1578, los nativos asaltaron la ciudad de Ávila, mataron a todos los españoles y saquearon e incendiaron sus casas. Posteriormente intentaron asaltar Baeza, al mando de Jumandi, pero fracasaron” (pp. 17, 31-32).
 
La experiencia sanitaria se llevó adelante en esta geografía humana profundamente modificado por la desaparición y casi extinción de los pueblos originarios por genocidio o por epidemias y donde las denominadas “ciudades jardín amazónicas”, que florecieron antes de la era cristiana y que fueron abandonadas tras la colonización hispánica, descansan hoy bajo la tupida maleza, como han publicado los arqueólogos Stephen Rostain y Geoffroy de Saulieu, entre otros. Hoy continúa la transformación por la agresiva colonización proveniente de otras provincias y por la ilimitada explotación petrolera y la minería.
 
Los autores exponen la experiencia humana y sanitaria de un escuadrón de sanitaristas con una brújula clara: es responsabilidad estatal atender a las comunidades en su derecho a la atención venciendo una geografía montañosa y selvática, tendiendo puentes de comunicación franca y poniendo los recursos fiscales —insuficientes como siempre— al servicio de la salud y la vida.
 
Las memorias reflejan que los salubristas foráneos y locales aprendieron en la praxis, resolvieron de manera comprometida los retos, actuaron exorcizando la enfermedad y ampliaron, en la medida de lo posible, la producción de salud. Impulsaron alternativas de atención en un territorio de comunidades dispersas, se apoyaron en el liderazgo de organizaciones locales, tales como la Federación de Indígenas de Napo, e implementaron las respuestas disponibles en la época. Establecieron equipos de salud con duras rutinas fluviales e incluso aéreas para que nadie quedara excluido.
 
Por otro lado, relata José Yépez: “Mariano Grefa, indígena corpulento, comunicativo, alegre, bilingüe como la mayoría, tenía 41 años cuando lo conocí en agosto de 1980…  era el motorista de la canoa que nos movilizaba (y) por el desconocimiento del idioma kichwa que teníamos los médicos, cumplía además funciones de intérprete. Era el enlace entre la comunidad y el médico rural” (p. 218).
 
Marco Ochoa lo ratifica: “El apoyo comunitario, el apoyo institucional y la participación social nos permitieron contar en poco tiempo con nuevas unidades de salud a lo largo del trayecto Quito-Baeza-Lago Agrio-Coca-Tarapoa… unidades de salud móviles y la asignación de profesionales que llegaban a la provincia desde universidades de la Costa y la Sierra, con la exigencia de contar con un buen lugar de trabajo y recibir un adecuado proceso de capacitación” (p. 216).
 
Las semillas de interculturalidad y participación de esta experiencia permanecen como tales hasta la fecha. El sistema público aún no logra superar las nociones etnocéntricas subyacentes en la denominada “inclusión”, ni las lógicas clientelares o populistas instituidas en la educación, en la salud y en otras instituciones públicas.
 
El libro reseña las vivencias y el desarrollo institucional en un tiempo de transición conceptual desde el sentido de obra benéfica impulsado por las misiones Carmelita y Capuchina en comarcas que hasta entonces permanecieron desamparadas por el Estado, hacia una ampliación de la cobertura sanitaria pública con establecimientos de salud. Desde entonces, la imposición del más crudo extractivismo petrolero y minero —legal o ilegal— con un daño irreparable a la naturaleza, la salud y la vida, torna más compleja la respuesta sanitaria más allá de lo curativo asistencial hacia la producción de una vida saludable.
 
Las páginas de La salud pública en Napo a fines del siglo XX aportan elementos valiosos para la sistematización de la salud pública en esa región y en el Ecuador. Dejan en evidencia un intríngulis no superado en casi dos siglos republicanos y la necesidad de reconocer que la salud pública de calidad, universal y efectiva es elemento no negociable en democracia.
 
El libro divulga la historia y la memoria de personas constructoras de una respuesta pública. Es una experiencia colectiva forjada no desde los escritorios ni los salones, sino desde el compromiso técnico y político que lleva a interactuar en el complejo población–territorio–servicios, con un claro enfoque de responsabilidad pública. Este libro es referencia obligada para la historiografía sanitaria del Ecuador.