Horas de traslado, meses de espera, barreras de acceso y esperanza, así se enfrenta el cáncer de mama desde las provincias
Se necesita fortalecer la red oncológica en todas las provincias del país
Marianita Bravo, Seiddy Carbache, y Silvia Mite.
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Jonathan Veletanga. Quito
En Ecuador un diagnóstico de cáncer de mama puede tardar más de 3 meses en promedio y, en ciertos casos, supera los 6 meses o incluso el año. Sin embargo, para las mujeres que viven fuera de las principales ciudades implica un proceso aún más grande y complejo, en el que emprenden un peregrinaje constante por las carreteras del país.
Marianita Bravo, de 54 años, reside en la provincia de Santo Domingo de los Tsáchilas. Recuerda que un dolor punzante en el seno derecho al levantar objetos pesados en su hogar fue la primera señal de alerta. Tras ello,
en 2019 inició un recorrido que miles de pacientes en las provincias del país conocen a detalle.
Sin pensar en que podía ser una enfermedad grave, acudió al sector privado para hacerse revisar, ya que es un proceso más rápido y porque no quería esperar mucho tiempo por una cita médica, pese a estar afiliada a la Seguridad Social.
“Me fui a un médico particular y él me mandó a hacer la primera mamografía. Revisó los resultados y me dijo que no me podía decir si era cáncer o no, pero me recomendó ir directamente al Seguro Social (de su provincia), así que fui”, recuerda. Pero
el camino no fue fácil ni muy rápido.
Dada la persistencia de las molestias y que el panorama sugería algo más complejo, Marianita tuvo que apalancarse de un familiar para conseguir una cita en Quito, específicamente en el
Hospital Carlos Andrade Marín, como de hecho sucede con muchas personas que buscan un turno en el sector público.
Una vez revisada, el médico le confirmó lo que ya sospechaba: “
tienes cáncer, ¿por qué te has dejado avanzar tanto?”, recuerda. De esta manera, a inicios del 2020, tras más de 3 meses entre las primeras sospechas y la confirmación, recibió su diagnóstico definitivo. “Lo primero que piensas es en la muerte, es un golpe muy duro”, asegura Marianita sobre ese momento.
Para ella, los tres meses transcurrieron rápido en comparación con otros pacientes que pueden tardan hasta un año. Sin embargo, la confirmación diagnóstica trajo un nuevo reto y una gran prueba logística:
la obligación de trasladarse a Quito para recibir su tratamiento y salvar su vida.
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Cada sesión de tratamiento, precisa, le implicaba un trayecto de aproximadamente tres a cuatro horas de viaje, por vía terrestre. Por lo que, para garantizar su comodidad y evitar transbordos en las terminales terrestres, decidió movilizarse en “transporte de puerta a puerta”, con lo cual asumió no solo los costos de movilidad sino también de alimentación y hospedaje. En ese entonces, la pandemia de COVID-19 también se sumó a su nuevo día a día.
Marianita tuvo que venir a Quito de manera casi permanente: se tuvo que instalar durante un largo tiempo en la vivienda de un familiar para no perder el hilo de su tratamiento y salvar su vida, dejando así su hogar y cotidianidad durante todo el tratamiento.
Lamentablemente el impacto del cáncer fue más allá. Marianita es contadora de profesión y tras casi dos décadas de servicio en una empresa privada, las complicaciones de la pandemia y los frecuentes traslados a Quito terminaron forzando el cese de su contrato laboral. “
Me dijeron: dedícate a tu enfermedad", lo cual fue un golpe bien duro.
A pesar de estas situaciones y otros tropiezos, en octubre de 2020 fue sometida a una intervención quirúrgica para la extracción del tumor, a lo que le siguieron 20 sesiones de radioterapia. Hoy, Marianita mantiene su tratamiento con terapia hormonal preventiva, aunque
experimenta secuelas como dolores óseos, fatiga y cambios metabólicos. Sus controles trimestrales y anuales muestran una evolución favorable, por ello los médicos esperan darle el alta médica definitiva en marzo de 2027.
Casi de manera paralela, pero en la provincia de Esmeraldas,
Silvia Mite, de 70 años, también fue diagnosticada con cáncer de mama. En 2019 recibió su confirmación de diagnóstico en el
Hospital Universitario de Guayaquil, que pertenece al Ministerio de Salud Pública.
Silvia, al igual que Marianita y muchas pacientes, también empezó su camino en consulta con un médico particular, tras despertar un día con un sangrado en el pezón. El galeno le recomendó realizarse una mamografía y, con los resultados, le derivó a Guayaquil, hacia el Hospital Universitario que cuenta con la capacidad para diagnosticar y tratar enfermedades catastróficas.
Su proceso de diagnóstico y tratamiento fue “bastante rápido”. Si bien no recuerda con precisión cuánto tiempo pasó, al cabo de varios meses se le realizó una mastectomía para extirpar el tumor. “Siempre se me facilitó y me ayudaron en el hospital”, aseguró. A pesar de esto, recuerda que un aspecto duro fue tener que viajar entre 8 y 9 horas de trayecto al hospital.
En su familia, el cáncer no golpeó solo a Silvia. Apenas cuatro semanas después de su cirugía,
su hija Seiddy, con quien vivía en Esmeraldas, recibió su propio diagnóstico: un linfoma de mediastino que comprometía la región pulmonar. De esta manera, en cuestión de meses, su hogar se transformó en un doble frente de lucha contra el cáncer.
“Para mí fue bien difícil. Aparte de mi salud, estaban mis nietas pequeñas. Nos fuimos las dos a Guayaquil con una angustia enorme porque nos estaba pasando a ambas al mismo tiempo", recuerda Silvia.
Silvia y Seiddy, quien es docente en el sector público, tuvieron que salir de Esmeraldas porque no hay una infraestructura oncológica pública en la provincia. Esta situación hizo que se mudaran durante varios meses a Guayaquil para acudir al Hospital Universitario y al Hospital Teodoro Maldonado Carbo del IESS, correspondientemente, donde recibieron sus tratamientos.
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“Tuvimos que irnos a vivir a la casa de una tía. Si no hubiéramos tenido ese techo y el apoyo de la familia para conseguir desde hospedaje hasta donantes de sangre, todo habría sido infinitamente más complicado", sostiene Seiddy.
Para ella, esta peregrinación exigió
dejar temporalmente a sus dos hijas al cuidado de familiares, además de enfrentar un gran impacto económico porque tuvo la necesidad de comprar esquemas de quimioterapia por su cuenta debido a la intermitencia en el suministro del hospital del IESS.
Actualmente, tras más de cinco años de seguimiento farmacológico y quimioterapia, madre e hija están en remisión y acuden a controles periódicos semestrales.
Los casos de Marianita, Silvia y Seiddy muestran las deficiencias y barreras estructurales que enfrentan las pacientes de las provincias en atención oncológica, así como la vulnerabilidad que genera esta brecha territorial en salud.
Sin embargo, a pesar de estos obstáculos, demuestran que con apoyo familiar, resiliencia y mucha Fe, es posible vencer el cáncer de mama. Sus testimonios además reiteran la
urgente necesidad de fortalecer la red oncológica en todas las provincias del país para que la distancia no determine la supervivencia de un cáncer que, de ser diagnosticado tempranamente, no es una sentencia de muerte.
En este contexto, las pacientes hacen un llamado a las autoridades para que empiecen un proceso de “
descentralización de la atención oncológica”. Han insistido que las dificultades de traslado y la falta de presupuesto son factores que pueden provocar que decenas de pacientes desistan de sus esquemas terapéuticos.
“Pediría a las autoridades que
proyecten a futuro mejores condiciones en los hospitales, abastecimiento de medicinas y esquemas de traslado para personas de provincias. Si no hay apoyo laboral o estatal, la persona no sale adelante”, concluyó así su entrevista Marianita.
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